La Herida Que No Cicatriza: cincuenta años mirando el ocaso de una civilización

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Cincuenta años mirando el ocaso de una civilización

Por el Doctor Simón Galindo

La tarde que el mundo cambió de color

Hay imágenes que el tiempo no logra borrar, que se graban en la memoria con una claridad casi fotográfica a pesar de los años, de las distancias, de todas las vidas que se vivieron después. Yo tenía siete años cuando crucé por primera vez el Puente de la Bahía de San Francisco. No recuerdo el color del cielo esa tarde de junio, ni qué automóvil nos transportaba, ni siquiera el rostro exacto de quien viajaba a mi lado. Pero recuerdo con precisión quirúrgica el momento en que la radio interrumpió su programación para anunciar que Robert Kennedy acababa de morir. Recuerdo el silencio que se instaló en el vehículo como una presencia física, denso, casi respirable. Recuerdo que alguien dijo —o tal vez solo lo imaginé después— que el país se estaba desangrando por heridas que no quería ver.

Era 1968. Yo era un niño latinoamericano que apenas comenzaba a aprender que el mundo era más grande y más complejo de lo que los mapas escolares sugerían. No comprendía entonces la magnitud de lo que ocurría: que en el lapso de cinco años habían asesinado a un presidente, a su hermano, a Martin Luther King, a Malcolm X. No entendía que estaba entrando a una nación convulsionada por una guerra que no quería, por tensiones raciales que explotaban en sus ciudades, por una generación de jóvenes que rechazaba los mandatos de sus padres. Pero sí percibí, con la intuición aguda que tienen a veces los niños, que algo fundamental se había roto en ese país que se presentaba al mundo como el futuro hecho presente.

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Lo curioso es que, a pesar de todo —de los disturbios, de la guerra, de la violencia política— Estados Unidos irradiaba entonces una energía distinta. Había creatividad en sus calles, optimismo en su industria, una sensación de que el progreso era no solo posible sino inevitable. Era, sin duda alguna, la potencia dominante del planeta. Y durante los años siguientes, mientras crecía, estudiaba medicina, formaba una familia, establecía mi propia voz como intelectual, regresé una y otra vez a ese territorio: en 1976, cuando conocí Miami y Orlando como un adolescente ansioso por ver el mundo; en 1979, cuando pasé un año estudiando inglés en el Linday Hopkins Education Center de Miami, sumergiéndome en el idioma que se había convertido en la lengua franca del poder global; en los ochenta, viajando con mi esposa y mis hijos, mostrándoles el país que yo había conocido primero como niño; en los noventa, en viajes de negocios y formación técnica en artes gráficas digitales, cuando la revolución tecnológica comenzaba a reconfigurar la economía mundial.

En cada regreso llevaba conmigo la pregunta que había nacido en ese puente de 1968: ¿Esta sociedad logrará curar sus heridas? Y en cada regreso, especialmente en los años recientes, la respuesta se volvía más evidente, más dolorosa de observar, más difícil de ignorar. Lo que he visto a lo largo de cinco décadas no es el colapso dramático que los historiadores aman narrar, sino algo más insidioso y tal vez más grave: el deterioro progresivo de un tejido social que se desgarra silenciosamente mientras sus élites celebran la salud de la economía.

Cuando los números mienten

El diagnóstico médico tiene una regla antigua: cuando los síntomas no coinciden con los números, hay que desconfiar de ambos. Estados Unidos presenta hoy una paradoja que desafía cualquier lógica convencional. Es la economía más grande del planeta, la potencia militar sin parangón, el centro neurálgico de la innovación tecnológica. Sus corporaciones —Apple, Google, Amazon, Microsoft— definen cómo vive, se comunica y consume la humanidad entera. Sus universidades atraen los cerebros más brillantes de cada rincón del globo. Sus mercados financieros dictan el ritmo de la economía mundial. Y sin embargo, caminar por las calles de San Francisco, Los Ángeles, Seattle, Portland, es encontrarse con escenas que uno esperaría ver en las periferias de Lagos o Mumbai, no en la metrópolis más rica de la historia humana.

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El sinhogarismo se ha vuelto un paisaje urbano, tan normalizado que los habitantes locales ya no lo ven, o peor aún, lo ven pero han aprendido a no registrarlo en su conciencia. Tiendas de campaña en aceras de barrios céntricos. Seres humanos durmiendo en portales de edificios millonarios. Individuos conversando solos, o con demonios invisibles, mientras ejecutivos en trajes caros caminan junto a ellos sin alterar el paso. Para un médico, para alguien que ha pasado su vida tratando de entender cómo los organismos sanan o se enferman, esta imagen produce una sensación de disonancia cognitiva casi insoportable. Es como ver a un paciente con el rostro rebosante de salud, mientras sus órganos vitales se necrotizan uno por uno.

Pero el cuerpo social estadounidense no es simplemente un enfermo que ignora su condición. Es un enfermo que ha sido convencido de que su enfermedad es virtud, de que sus síntomas son prueba de vigor. La ideología del individualismo absoluto, ese ethos que durante siglos alimentó la innovación y el emprendimiento, ha mutado en algo distorsionado: una justificación sistemática para la indiferencia. En Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, se construyeron Estados de bienestar sobre la certeza colectiva de que la dignidad humana no puede depender enteramente de la fortuna individual. Estados Unidos nunca asimiló esa lección. Mantuvo la fe —casi religiosa, diría yo— en que cada persona debe abrirse camino sola, que la ayuda mutua es debilidad, que el Estado protector es una forma encubierta de tiranía.

El negocio de la enfermedad

El resultado es visible en cada rincón de su territorio. Es visible en las ciudades donde la riqueza tecnológica coexiste con la pobreza extrema como si fueran especies de ecosistemas diferentes que casualmente comparten el mismo hábitat. Es visible en el sistema de salud —o mejor dicho, en la ausencia de un sistema de salud— que convierte la enfermedad en bancarrota y la medicina en negocio de especulación financiera. Es visible en la epidemia de opioides, esa tragedia que no fue accidente sino crimen corporativo planificado, cuando Purdue Pharma y sus ejecutivos decidieron que los beneficios de OxyContin valían más que las vidas de millones de adictos creados por estrategias de marketing agresivas.

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Para un observador del Sur Global, esta última paradoja es particularmente amarga. Durante décadas, desde Washington y sus think tanks, se nos predicó que el modelo estadounidense era el único camino válido hacia el desarrollo. Se nos dijo que debíamos privatizar nuestras empresas estatales, reducir nuestros sistemas de protección social, abrir nuestros mercados a la competencia desleal de corporaciones transnacionales. Se nos presentó la economía de mercado sin regulaciones como la panacea universal, el mecanismo infalible para generar prosperidad compartida. Y mientras tanto, en el país que exportaba esta receta, la concentración de riqueza alcanzaba niveles que no se veían desde la Edad Dorada del siglo XIX, cuando los barones del acero y del petróleo acumulaban fortunas mientras sus obreros morían en fábricas insalubres.

La democracia que se subastó

El estudio de Martin Gilens y Benjamin Page, publicado en 2014, confirmó con rigor académico lo que cualquier observador honesto ya sabía: que las decisiones políticas en Estados Unidos reflejan principalmente las preferencias de las élites económicas y los grupos de presión organizados, no las del ciudadano promedio. En términos que los griegos clásicos habrían reconocido inmediatamente, esto se acerca a una oligarquía: el gobierno de los pocos ricos, disfrazado con los ritos formales de la democracia. La sentencia Citizens United de la Corte Suprema, que permitió que corporaciones y grandes donantes gasten cantidades ilimitadas en campañas electorales, fue simplemente la legalización explícita de una realidad que ya operaba de facto. La democracia estadounidense se volvió extremadamente costosa, y cuando la política depende del dinero, quienes poseen más dinero adquieren inevitablemente más poder.

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Pero aquí es donde el análisis geopolítico debe volverse más sutil, más atento a las contradicciones que el poder genera para ocultarse a sí mismo. Estados Unidos no es simplemente una oligarquía corrupta, ni tampoco es simplemente una democracia fallida. Es algo más complejo y, en cierto sentido, más trágico: es una sociedad que ha permitido que el poder económico capture sus instituciones democráticas mientras mantiene la retórica —y en parte la creencia sincera— en esas mismas instituciones. Es como un paciente que sigue tomando la medicina aunque sabe que ya no funciona, porque la alternativa —reconocer que el tratamiento falló— es demasiado aterradora.

La ventana que se cerró

Esta contradicción se manifiesta en los debates políticos contemporáneos. Figuras como Bernie Sanders han logrado movilizar millones de jóvenes alrededor de propuestas que hace treinta años habrían sido consideradas moderadas en cualquier democracia social europea: salud universal, educación pública gratuita, impuestos progresivos sobre la riqueza extrema. Y sin embargo, estas propuestas son tratadas en el discurso político estadounidense como radicales, socialistas, incompatibles con la «naturaleza» del país. La Ventana de Overton —ese concepto que describe qué ideas son aceptables en el debate público— ha sido tan desplazada hacia la derecha en Estados Unidos que políticas que funcionan sin drama en Canadá, Alemania o Francia se presentan allí como amenazas existenciales a la libertad.

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El resultado es un bloqueo político estructural. El sistema está diseñado para impedir los cambios fundamentales que podrían alterar las relaciones de poder. El sistema de colegios electorales, la representación desproporcionada de estados rurales en el Senado, el gerrymandering, la desinformación financiada por intereses corporativos, todo conspira para mantener el status quo a pesar de la voluntad mayoritaria. Y mientras tanto, las desigualdades se profundizan, la precariedad se extiende incluso a las clases medias que alguna vez creyeron estar a salvo, y la desconfianza en las instituciones —todos los estudios lo muestran— alcanza niveles históricos.

El espejo que devuelve la mirada

Desde la perspectiva del Sur Global, este proceso tiene implicaciones que trascienden la tragedia particular del pueblo estadounidense. Durante la Guerra Fría, y luego durante las décadas de neoliberalismo triunfante, Estados Unidos se presentó como el modelo universal, la forma final de organización social hacia la cual toda la humanidad debía converger. Las reformas estructurales impuestas a países endeudados, las condicionalidades del FMI y el Banco Mundial, las presiones diplomáticas y a veces militares para imitar sus instituciones económicas, todo partía de la premisa de que el camino estadounidense era el único válido. Ver hoy ese camino conducir a un abismo de desigualdad y colapso social no produce satisfacción por el mal ajeno en quienes fuimos sus objetos de «asistencia técnica». Produce, más bien, una urgencia ética por documentar, por advertir, por construir alternativas.

Porque la lección que Estados Unidos ofrece hoy al mundo no es la de su fracaso, sino la de sus elecciones. No fue inevitable que este país terminara así. En momentos cruciales de su historia —la Gran Depresión, la posguerra, los sesenta— existieron posibilidades reales de construir un contrato social más equitativo. En cada ocasión, el poder económico logró neutralizar esas posibilidades, a veces mediante la represión directa, más frecuentemente mediante la cooptación, la propaganda, la construcción de enemigos externos que desviaran la atención de los conflictos internos. El resultado es la sociedad que veo hoy cuando regreso a sus ciudades: una matrix de riqueza tecnológica y militar que no puede garantizar techo, comida o medicina a millones de sus habitantes.

La autopsia del optimismo

Los imperios, he aprendido a lo largo de mi vida estudiando historia y medicina, rara vez colapsan únicamente por derrotas militares. Más frecuentemente se debilitan por fracturas internas, por la incapacidad de sus élites para reconocer que el modelo que las enriquece está destruyendo la base social que sostiene su poder. Roma no cayó porque los bárbaros fueran más fuertes; cayó porque sus ciudadanos ya no creían en la res publica, porque sus ejércitos estaban compuestos de mercenarios sin lealtad, porque sus élites habían convertido la política en un juego de saqueo mutuo. Las analogías históricas son siempre imperfectas, pero caminar por las calles de San Francisco en 2025, comparando lo que veo con lo que vi en 1968, no puedo evitar sentir que estoy observando un proceso similar, más lento tal vez, más tecnológicamente sofisticado definitivamente, pero en su esencia el mismo: la autodestrucción de un imperio que confundió la riqueza con la salud, el poder con la vitalidad, la apariencia con la realidad.

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La bifurcación que no llega

Estados Unidos enfrenta hoy un dilema que es, en última instancia, el dilema de toda sociedad de clases: puede seguir profundizando un modelo que beneficia a una minoría cada vez más pequeña y más rica, o puede evolucionar hacia una forma de organización social que priorice el bienestar colectivo sobre la acumulación individual. El primer camino —el que parece preferido por las élites actuales— conduce inevitablemente a una crisis de legitimidad, a una sociedad donde la violencia se vuelve el lenguaje común de quienes ya no tienen nada que perder, donde la represión debe intensificarse para mantener el orden, donde la democracia formal se convierte en una farsa cada vez más evidente. El segundo camino —el que propugnan voces como la de Sanders y movimientos sociales que renacen en cada generación— requeriría una transformación profunda de las relaciones de poder, una rendición parcial de privilegios por parte de quienes los concentran, un reconocimiento de que la seguridad de los ricos no puede construirse sobre la desesperación de los pobres.

Diagnóstico desde el Sur

Como médico, sé que muchas enfermedades terminales comienzan con síntomas ignorados. Sé que el diagnóstico temprano es la mitad de la cura, y que la negación es el peor enemigo de la sanación. Como latinoamericano, sé que las promesas del progreso ilimitado suelen ser trampas para el optimismo ingenuo, que los imperios exportan sus crisis a las periferias antes de reconocerlas en sus centros. Como testigo de cinco décadas de historia estadounidense, desde aquel puente de San Francisco en 1968 hasta los días actuales, sé que ninguna sociedad es inmune a la decadencia, que ningún poder militar puede sustituir a un tejido social saludable, que ninguna riqueza acumulada compra la inmortalidad de las instituciones.

La verdadera lección que Estados Unidos ofrece al Sur Global no es la de su fracaso, sino la de su advertencia. Nos dice que ninguna democracia puede sobrevivir si el poder político se subordina completamente al poder del dinero. Nos recuerda que la innovación tecnológica y la acumulación de riqueza no garantizan justicia social ni dignidad humana. Nos muestra, con la crudeza de un caso clínico bien documentado, que un organismo social puede funcionar aparentemente bien en sus indicadores macroeconómicos mientras sus tejidos vitales se necrotizan.

Cuando regreso a Estados Unidos hoy, ya no soy el niño de siete años que escuchó la noticia de la muerte de Robert Kennedy sin comprender su significado. Soy un médico de sesenta y tantos años, un escritor, un ciudadano del Sur Global que ha aprendido a leer los signos de los tiempos. Y lo que leo en el rostro de ese país es el mismo diagnóstico que leería en cualquier paciente que llegara a mi consulta con síntomas ignorados durante demasiado tiempo: una enfermedad grave, posiblemente reversible, pero que requiere un tratamiento radical que el paciente todavía no está dispuesto a aceptar.

La herida que se abrió en 1968 nunca cicatrizó. Simplemente fue cubierta con vendajes cada vez más sofisticados, mientras la infección se extendía silenciosamente. El imperio está cansado, sí, pero lo más preocupante es que todavía no lo sabe. Y en esa ignorancia voluntaria, en esa negación profesionalizada, reside quizás su condena más definitiva.

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